No es que pretenda que esto se convierta en una especie de blog alcohólico, pero supongo que lo acabará siendo, por varios motivos.
En primer lugar, porque como cualquier joven (o pseudojoven) actual, mi relación con el alcohol es más amplia de lo que convendría. Se podría decir que es una parte importante de mi vida, aunque sea los fines de semana. A veces entre semana también. Es triste (o no) pero es asín.
En segundo lugar, porque aunque parezca un tópico estoy más inspirado borracho, aunque la entrada de ayer lo desmienta. Lo cual nos lleva a la reflexión que me ha llevado a escribir todo esto, el concepto del alcohol como destructor de barreras mentales.
Aún sin pretenderlo, está claro que hay ciertas riendas del subconsciente que impiden que, por vergüenza (lo cual no deja de ser irónico, considerando que en principio esto solo lo voy a leer yo) escriba todo lo que pienso. O, trasladado al mundo real, haga todo lo que quiero hacer. Nuestro amigo el alcohol suelta esas riendas, o al menos las deja bastante menos tirantes. La cuestión es, ¿eso quiere decir que el borracho es como realmente quiere ser? Si yo le digo a alguien que estoy enamorado de ella borracho, está claro que sí, pero ¿y si le pego? ¿Quiere decir que soy un violento antisocial y que solo la sociedad me impide ir matando a todos los que me molestan?
Pues supongo que sí, pero da miedo. Deberían inventar una máquina del tiempo solo para deshacer los estragos del alcohol, y no me refiero precisamente a las sábanas vomitadas. Mi vida, sin ir más lejos, sería actualmente mucho mejor con esa máquina. Quizá incluso una vida que me apeteciera vivir.
O quizá no, y solo pasó lo que tenía que pasar.
Mañana, si me apetece, me explicaré mejor.
La Senda de Camille
Hace 10 años
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