domingo, 22 de noviembre de 2009

El secreto de sus ojos

Esto no es lo que quiero escribir hoy, de hecho igual tiro la casa por la ventana y hagos dos entradas, pero si lo dejo se me olvidará, así que...

El caso es que la noche del viernes (no se que hora saldrá en este blog que se vuelve loco, pero son las 00.06 del sábado al domingo) vi El Secreto de sus Ojos. Esto no es un blog de cine, así que solo daré dos pinceladas en cuanto a la película: Que es un peliculón, en general, y que contrariamente a lo que me habían dicho Ricardo Darín no destaca. No porque no esté genial, que lo está, sino porque casi todos los actores están perfectos. Para mi gusto.

Pero no es de eso de lo que quería hablar, sino de dos reflexiones que me rondaron la cabeza mucho tiempo. A partir de aquí, por cierto, quien no haya visto la peli igual no debería leer. Por si acaso.

La primera (transcripción aproximada): --¿Os imaginás un amor así, que permanezca inalterable, sin sufrir el desgaste de lo cotidiano?
Pues sí, me lo imagino mejor de lo que desearía. Porque (supongo) que lo bueno es que se desgaste, no tiene por qué ser para mal, pero que se vaya puliendo a base de peleas, charlas y polvos. El inalterable es muy bonito (bueno, en la peli no) pero no vale de mucho. No es lo mismo una esposa violada y asesinada que una relación abortada antes de empezar, pero considerando que la primera es ficción, reivindico mi derecho al símil.

La segunda (lo mismo): --Dejalo estar. Si te pasás la vida pensando en qué hubiera pasado si hubiera hecho esto, o esto otro, tendrás mil pasados y ningún futuro.

Pues tiene más razón que un santo, el amigo viudo secuestrador. Aunque él no se lo aplique del todo. Pero claro, eso es la teoría, que está muy bien, pero aquí la cabeza manda poco. Igual con el tiempo va tomando las riendas. El caso es que para dejar de pensar también está bien decidir hacer algo, (¿un viaje?), pero uno no acaba de ver el hueco --un concepto maravilloso, válido para un partido de fútbol igual que para buscar aparcamiento--. Algún día habrá que analizar por qué no acabo de ver el hueco, pero hoy ha sido un día horrible y no me apetece pensar más.

Claro que ni en esto de decidir no pensar manda mucho la cabeza. Qué poco peso en las decisiones, esta cabeza, parece un coordinador de suplementos sin contrato.

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