(Historia pensada el miércoles pero postergada por pereza).
El enanito dejó de cavar, exhausto, y se apoyó en el mango del pico mientras se enjuagaba el sudor de la frente con la manga. Una vez más volvía a ejercer de capataz en esa obra faraónica. En tan extraño lugar, una sinuosa caverna blancuzca formada, si se miraba bien, por una especie de esporas con ramificaciones, se requerían sus servicios periódicamente. Normalmente una vez a la semana, a veces más.
Avergonzado por su corto descanso, aferró el pico con ambas manos y cogió impulso para volver a la tarea. Entonces se dio cuenta del problema que lo había detenido.
--¡Chicos!--, gritó --. No estamos haciendo el suficiente ruido ni de lejos.
Los enanitos se miraron contrariados, pero en seguida se encogieron de hombros y se aplicaron a la tarea con más ahínco. El martillo neumático aumentó sus revoluciones, la excavadora hundió su pala en la sustancia blanquecina y las hormigoneras giraron como lavadoras centrifugando.
El enanito capataz sonrió, satisfecho, e iba a aplicarse a la tarea del pico cuando oyó la acostumbrada voz que solía intentar fastidiarle el trabajo. Afortunadamente, él sabía cómo lidiar con esas situaciones.
--Disculpe, capataz, un momentito-- llegó diciendo aquel personajillo de blanco, que se iba haciendo pequeñito, en lugar de mayor, conforme se acercaba --. Traigo aquí una orden para detener las obras por hoy, ya es suficiente.
El capataz arrebató el papel de la mano del personajillo blanco, con gesto de hastío, e hizo como si lo leyera por enésima vez. Luego lo arrugó y lo tiró a una hormigonera.
--Ya puede volverse por donde ha venido. El contrato está tan claro como siempre. El cliente firmó ayer un compromiso irrenunciable con nuestra casa madre. Disfrutó de sus servicios y hoy nos toca a nosotros. Así que no tiene usted nada que hacer aquí. Estaremos trabajando unas cuantas horas más y luego nos iremos, como siempre.
Así que el extraño personajillo, llamado Ácido Acetil Salicílico, pero al que sus colegas llamaban Aspirina, se fue por donde había venido, sin poder cumplir su tarea una vez más.
La empresa cerveza había satisfecho el contrato la noche anterior, y a los enanitos de la resaca aún les quedaban unas horas de perforar aquel cerebro, haciendo el mayor ruido posible, y eliminar neuronas inútiles. Claro que nunca borraban las suficientes ni las correctas. Por eso había que seguir intentándolo.
La Senda de Camille
Hace 10 años
Mataría ahora mismo por simplemente sentir enanitos en mi interior, créeme...
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